La hormona del ejercicio irisina, cada vez más cerca de proteger el cerebro en el Párkinson

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Mossoró, Brasil | 10 de Julio de 2026

Un nuevo estudio realizado en Brasil revisa toda la información científica disponible sobre la hormona del ejercicio llamada irisina y su posible papel protector en la enfermedad de Parkinson. Los autores analizan diez investigaciones realizadas entre 2015 y 2024, tanto en animales como en personas, y concluyen que la irisina podría ayudar a cuidar las neuronas que controlan el movimiento

La irisina es una sustancia que produce el músculo cuando hacemos actividad física, como caminar, nadar o montar en bicicleta. Esta hormona pasa a la sangre y puede llegar al cerebro, donde activa mecanismos de protección frente al daño. Según el estudio, la irisina ayuda a reducir la inflamación (respuesta exagerada de defensa) y el “estrés oxidativo”, que es un tipo de desgaste químico dentro de las células. También mejora el funcionamiento de las mitocondrias, que son como las “fábricas de energía” de las neuronas.

En los modelos de Párkinson hechos en laboratorio y en animales, cuando aumenta la irisina se observa que las neuronas dopaminérgicas —las células que producen dopamina y que se pierden en el Párkinson— están más protegidas. En estos estudios, la irisina ayuda a mantener la energía de la célula, reducir sustancias inflamatorias y favorecer que la neurona elimine proteínas dañinas. Esto se traduce en mejor movimiento y menos síntomas motores en los animales que reciben irisina o realizan ejercicio físico.

El trabajo también comenta estudios en personas, aunque aún son pocos. En general, se ve que el ejercicio aumenta la irisina y se asocia con mejor función motora y cognitiva (memoria y atención), pero los resultados no son iguales en todos los casos. Además, se han detectado problemas técnicos para medir bien la irisina en sangre, porque algunos métodos de laboratorio no son suficientemente precisos. Los autores señalan que es muy importante mejorar la forma de medir esta hormona para entender mejor su papel real en el Párkinson.

Un punto clave del artículo es que distingue entre dos formas de aumentar la irisina. Por un lado, está la irisina que el propio cuerpo produce con el ejercicio (“endógena”). Por otro, está la irisina que se inyecta desde fuera en los experimentos (“exógena”), a menudo en cantidades mucho más altas que las que se consiguen haciendo deporte. El estudio advierte que estas dos situaciones son diferentes y que todavía no se sabe si una futura medicina basada en irisina podría imitar de forma segura y eficaz los efectos del ejercicio en personas con Párkinson.

Los autores recuerdan que, a día de hoy, no existe ningún tratamiento aprobado que use la irisina como fármaco para el Párkinson. El mensaje principal para pacientes y familias sigue siendo que el ejercicio regular, adaptado a cada persona y supervisado por profesionales, es una herramienta muy valiosa para la salud del cerebro y del cuerpo. El estudio anima a diseñar buenos ensayos clínicos en humanos para comprobar si la irisina puede convertirse en una ayuda más dentro del tratamiento del Párkinson en el futuro.


Fuente: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC12821657/

| Aviso: Algunos textos e imágenes de esta web están creados o adaptados con ayuda de inteligencia artificial, conforme a la normativa europea vigente (Reglamento UE 2024/1689, art. 50), para facilitar la comprensión por parte de personas con Párkinson y sus familias.

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